Texto del grupo literario Axolotl, Seattle, Wa

Colaboración de Laura González

Primera parte:

 I
El deslizador

Había en aquella ciudad media abandonada algunos puntos de referencia
notables: el palacio municipal, el Teatro Juárez, el tiro de las minas, la vieja
estación del ferrocarril eran los más importantes. Sus calles empedradas y
empinadas estaban como en muchos lugares, un poco descuidadas tanto
por el trasiego humano, como por los cascos de animales de carga
entrando y saliendo de este lugar en las faldas de la Sierra de Guadalupe.
La plaza pública también llamada Juárez con su sencillo quiosco se
llenaba de gente. Familias, ancianos, jóvenes lanzando miradas ovejunas
a otros jóvenes que daban vueltas a contrarreloj, durante días cálidos del
fin de la primavera al primer mes de otoño.
En los patios de las escuelas había columpios, toboganes, caballitos,
sube-y-bajas, una cancha de fútbol de tierra y unas bancas.
Sentada en una de aquellas bancas metálicas con el escudo de la
patria también en metal, bajo el cual una pequeña placa que recuerda a la
familia que la donó. El nombre de un patrón, alguien con plata extra para
perpetuar su nombre.
A esa hora del día, dos de la tarde, el lugar está desierto, es la hora

estándar para el almuerzo en esta región del mundo. Aprovechando el
tímido sol de otoño me instalé dispuesta a leer algunas páginas del libro La
vejez de Simone de Beauvoir, que se está ajando y empieza a deshojarse
de tanto tiempo que lo he trajinado de aquí para allá sin pasar de las
primeras páginas. No sé, tal vez es un acto del subconsciente que se
resiste a saber de qué se trata esa última etapa de la vida.
La escritora francesa introduce el tema mencionando aquella historia
del príncipe Siddhartha antes de llegar a ser Buda. Un miembro de la
nobleza india que nunca había salido de los muros de su palacio, donde su
familia lo mantenía protegido para evitar que conociera las grandes flaquezas
de todo ser vivo: la enfermedad, la vejez y la muerte.

Pasó una camada de perros callejeros que no me prestaron
atención. Después de varios parpadeos volví a enterrar los ojos sobre las
páginas. A lo lejos, bajando de una ladera observé una figura cargando un
enorme haz de leña primero pequeñito, aumentando tamaño mientras se
acercaba. Al estar a unos pasos quitándose el sombrero me saludo: -¿Tú
eres la Pipa, verdad?
Así me decían de muy pequeña, nos conocemos le pregunté, a lo
que respondió -fui a la escuela con Pipo. Mi hermano un año tres meses
menor que yo, ya fallecido. Me dio sus condolencias. Prosiguió…estas
sentada exactamente donde desaparecieron. Busqué por los lados a ver si
los encontraba. ¿Quiénes?
De las minas aquí fue la última vez que alguien los vio, no sé qué
hicieron con ellos. Eran familia de los mineros que quedaron sepultados
cuando los pilotes de la mina Dos Estrellas cedieron podridos después de
años de humedad y mal mantenimiento.
Creo haber oído algo de eso, pero tanto se oye un mito que se
normaliza el hecho de esfumarse sin rastro. Se cayeron en el "deslizador",
aquel mítico agujero con el que nos asustaban de niños. Si te portas mal te
vas a resbalar por el tobogán al otro lado del mundo, a las antípodas de
aquí, si tienes suerte puede que salgas en el Mar Índigo, al sur de las Islas
de Java. Si tienes suerte, aunque nadie, ni los deslizados, han regresado a
decirnos si siguen vivos.
2 de noviembre del 2026

II

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